La flor negra

Ningún piso, ni aquel palacete del centro que habían destrozado sistemáticamente varias hordas de ocupas, ni siquiera ese sótano carcomido por la humedad y las cucarachas que había vendido por mucho más de lo que valía un año antes, le había producido tanta inquietud, tanto asco y, por qué no admitirlo, tanto miedo. La culpa, lo sabía, era del sofá, de los cojines, de la tele, de ese surtido de normalidad que los herederos habían dejado atrás —porque solo alguien a quien los objetos y los recuerdos le avergüenzan, le asustan o le duelen los abandona así, sin piedad ni remordimiento…

Canadá, cincuenta grados

Un poema para celebrar el Día de la Tierra y recordar lo importante que es cuidarla
No extrañaréis los palacios,
los coches, los rascacielos,
las corbatas o los trajes de diseño.
No: extrañaréis el prodigio de abrir un grifo,
el sabor limpio del agua…

Samory

El puerto ha amanecido cubierto por una manta de algodón gris y áspero. Todo tiene cara de sueño: los edificios, los bazares, las palmeras, las gaviotas y hasta el mar, que está triste y amodorrado, como esperando algo, un milagro, quizá. Samory se imagina a los peces quitándose el pijama y las legañas junto a los barcos, desperezándose y pensando, sin ganas, en ducharse, vestirse e ir al trabajo, como le ha pasado a él esta mañana. Samory sonríe y sigue andando. Quedarse quieto es arriesgarse a coger un catarro. Hace frío, mucho más de lo que es habitual allí, incluso a finales de año…

Fluffy

Encontré el armario del dormitorio abierto; solo un poco, lo justo para colarme dentro. Olisqueé los zapatos, miré los bajos de los pantalones y salté a la segunda balda: allí me instalé, en un rincón oscuro, para dormir un rato. Me gustan los armarios en invierno. Están llenos de camisetas y jerséis mullidos en los que puedo enroscarme y olvidarme del mundo. A veces los chupo y los mordisqueo. Sé que a él no le hace gracia, pero me da igual. A mí me tranquiliza. Y, además, comer lana me aplaca el ardor de estómago que tengo de vez en cuando. Me gustan los armarios…

El beso

Para junio, una minidosis de prosa poética

No hay ni cielo ni aceras, ni izquierda ni derecha. No hay frío, no hay coches, no hay pájaros. No hay ni tiempo ni espacio, ni gente, ni trabajo, ni prisas. No hay colores, salvo el verde clorofila del deseo; no hay ruido, salvo el del papel celofán de su aliento; no hay miedo, salvo el de no llegar a besar sus labios, salvo el de que sus labios no se atrevan a besarla.

No hay ojos que los miren, solo los suyos, dos ojos que se miran en otros dos, giran y…