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A crol

Un relato que también es un reto: no encontrarás ni un solo punto hasta el final

20/12/2020

© María José Guitián, 2020

Me ajusto el gorro y las gafas, me toco la nariz y compruebo por última vez que el bañador está en su sitio —ese pequeño ritual, ya automático, sin el que no podría lanzarme a la piscina—, me encojo, me estiro rápidamente, con un movimiento explosivo, y entro en el agua con fuerza y, sin embargo, suavidad: un, dos, tres, saco la cabeza a la derecha; un, dos, tres, la saco a la izquierda; un, dos, tres, derecha; un, dos, tres, izquierda; un, dos, tres, un, dos, tres, un, dos, tres, un, dos, tres, el ritmo me atrapa enseguida y lo único que hago es contar, contar y girar la cabeza a un lado y a otro en busca de oxígeno, un, dos, tres, derecha, un, dos, tres, izquierda y llego al final del primer largo, doy media voltereta, toco la pared con los pies, doblo las rodillas —convertidas en muelles de alambre— y salgo despedida, como el hombre bala de un circo antiguo, en dirección al otro lado: un, dos, tres, saco la cabeza a la derecha; un, dos, tres, la saco a la izquierda; un, dos, tres, derecha; un, dos, tres, izquierda; un, dos, tres, el olor del cloro empieza a hacer su trabajo, a adormecer el resto de los sentidos; un, dos, tres, el agua me limpia y se lo va llevando todo, el pasado y el futuro, el día de ayer, el de hoy y el que vendrá mañana; un, dos, tres, ya solo soy presente, un cuerpo aquí y ahora, una máquina que no falla; un, dos, tres, un, dos, tres, termino el segundo largo, y el tercero, y el cuarto, y el quinto, y cuando empiezo el sexto, con el corazón a punto de explotar, un, dos, tres,

uno, dos, tres

uno, dos, tres

uno, dos, tres

uno, dos, tres

uno, dos, tres

bajo el ritmo,

uno, dos, tres

estiro bien los brazos y la espalda,

uno, dos, tres

y los pies, y los dedos,

y me sumerjo y buceo hasta rozar el suelo, y nado, nado, nado, hasta abrasarme los pulmones y salir al otro lado, y allí comienzo de nuevo, otra serie de seis largos, febriles y dolorosos: un, dos, tres, saco la cabeza a la derecha; un, dos, tres, la saco a la izquierda; un, dos, tres, derecha; un, dos, tres, izquierda; un, dos, tres, un, dos, tres, un, dos, tres, un, dos, entonces noto que, dos, el cloro ha dejado de aturdirme, tres, que el agua ha perdido su poder, tres, y que recuerdo, que recuerdo la tarde, esa tarde, la de la semana pasada, y el diluvio, y salir de casa deprisa para ir a la piscina —un acto heroico, de locura, humedad sobre humedad—, y la calle casi vacía, lenta y silenciosa, encerrada en una burbuja, y el andamio, plantado como un esqueleto en la acera, y rodearlo y resbalar un poco, y oír el grito de repente, y luego el ruido, ese ruido tan monstruoso, tan grande para un cuerpo tan pequeño, y dar media vuelta y mirar, y ver sin querer ver, al principio sin entender, sin comprender que un niño puede caer de un andamio como un gorrión recién nacido de un nido, y contemplar sus brazos retorcidos, dos alas rotas, y observar que del pelo le brota una flor, una flor de sangre que crece por el suelo como la mala hierba, y gritarle a la gente «¡Llamen a una ambulancia, por favor!» y comprobar que en una ciudad de tres millones de almas solo existimos el gorrión y yo, que la lluvia ha hecho del universo un agujero negro, y tirar la mochila, y abrirla, y sacarlo todo —toalla, secador, neceser, ropa interior, chanclas, bañador, gorro, gafas, incluso llaves y monedas y el carné del centro deportivo— hasta descubrir que el móvil se ha quedado en casa, en el bolso, quizá, y mirar al niño otra vez, y ver sin querer ver que convulsiona, y correr al portal más cercano, el que está atrincherado tras el andamio, cerrado, y después a la tienda más cercana y pedir ayuda, y volver junto al gorrión y trago agua, un, dos, toso, tres, dejo de nadar y me agarro a la corchera, me quito las gafas, me llevo la mano a los ojos y lloro, lloro lágrimas de lejía, y veo sin querer ver que el gorrión no se mueve, que la flor de su pelo ya es un río rojo, que se abre el portal y que sale una mujer chillando, que se arrodilla junto al gorrión y lo coge, y lo acaricia y lo arrulla y lo baña en llanto y le grita y me grita y me mira y yo me hundo en mi calle, la número siete, en una tumba de agua en la que desearía ahogarme.

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